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The Strike Is Over. The Fragility Remains.


The ski patrol strike has been resolved and the mountain has reopened, but the effects of the past month will linger. Workers lost wages. Small businesses lost revenue. Families postponed plans. Even as normal operations resume, many people are still feeling the aftershocks, and our community remains divided. What we experienced was not simply a labor dispute. It was a reminder of how interconnected and fragile life in San Miguel County can be, and how quickly decisions or disruptions beyond local control ripple across an entire community.


In that sense, the strike was a stress test.


When a single economic engine slows or stops, the impacts travel quickly. One decision can affect thousands of people, from hourly employees to business owners to nonprofits that rely on a healthy local economy to meet growing needs. That reality does not mean our community is weak. But it does mean resilience cannot be assumed.


At the same time, the past month has brought renewed attention to questions of government process, transparency, and accountability. The recent resignation of the Mountain Village mayor underscored how easily public trust can be strained, even when intentions are good, if roles are unclear or boundaries are blurred. In moments of pressure, process matters more, not less.


These issues are connected.


Economic fragility, housing availability, and trust in government are not separate conversations. When housing is scarce and expensive, workers carry more risk. When margins are thin, disruptions hit harder. And when public decision-making feels opaque or reactive, confidence erodes at the very moment it is most needed.


Housing remains essential. Without attainable housing, our workforce becomes more transient, our businesses more vulnerable, and our community less resilient. Housing is not only a social concern. It is an economic stabilizer.


But housing alone is not enough. If the economic engine seizes up, housing cannot keep people here by itself. The past month invites a broader conversation about how we strengthen and diversify our local economy over time. That includes exploring whether new models, such as a community development corporation, could support workforce stability and small business continuity; whether expanding year-round cultural, educational, or intellectual programming could reduce seasonal dependence; and whether carefully defined light industry, climate resilience work, or remote and creative enterprises might create more durable, four-season opportunity consistent with our values and scale. These are not simple questions, and the formal authority of a county commissioner is limited. But local government can help convene partners, align towns and agencies, set guardrails, and invite the community into an honest, transparent discussion about how we reduce risk and create more durable opportunity.


Transparency and accountability play a similar stabilizing role. They are not abstract ideals. They are practical tools for navigating uncertainty. Clear processes. Early engagement. Defined boundaries between public roles and private interests. Open communication when things are difficult, not just when they are easy.


Local governments cannot control every force shaping our future. We cannot dictate private negotiations, control weather patterns, or insulate ourselves from broader economic shifts. But we can govern with an understanding of fragility. We can ask better questions earlier. We can broaden participation. And we can focus on long-term resilience rather than short-term compliance.


I am running for San Miguel County Commissioner because I believe the moment we are in calls for an evolution in how we govern. Our current commissioners have worked in good faith, sought to engage the community, and built bridges in a challenging environment. But as the issues we face grow more complex and fast-moving, relying primarily on traditional forms of engagement—static websites, formal public meetings, and reactive public comment—often means hearing from people late in the process, after decisions feel largely set. I believe we need to complement those tools with more proactive and inclusive ways to engage residents early, gather input before choices are locked in, reduce surprises, and strengthen trust. This is not about replacing what has been done, but about building on it.


As a former Main Street business owner for more than twenty years, I know how quickly disruption can become existential. For some employees and business owners, the past month was not an abstraction. It was about survival. That reality deserves seriousness, humility, and care.


This moment is not about blame. It is about responsibility.


San Miguel County is not broken. It is tightly interconnected. That means thoughtful stewardship matters. Economic resilience, attainable housing, and transparent governance are not competing priorities. Together, they are how we reduce risk, maintain trust, and ensure our community remains a place where people can build stable lives and weather uncertainty together.


La huelga ha terminado. La fragilidad persiste.

La huelga de la patrulla de esquí se ha resuelto y la montaña ha reabierto, pero los efectos del último mes perdurarán. Los trabajadores perdieron salarios. Las pequeñas empresas perdieron ingresos. Las familias pospusieron sus planes. Incluso con la reanudación de las operaciones normales, muchas personas todavía sienten las repercusiones, y nuestra comunidad sigue dividida. Lo que experimentamos no fue simplemente una disputa laboral. Fue un recordatorio de lo interconectada y frágil que puede ser la vida en el condado de San Miguel, y de la rapidez con que las decisiones o las interrupciones ajenas al control local se extienden por toda la comunidad.


En ese sentido, la huelga fue una prueba de estrés.


Cuando un motor económico se ralentiza o se detiene, los impactos se propagan rápidamente. Una sola decisión puede afectar a miles de personas, desde empleados por hora hasta dueños de negocios y organizaciones sin fines de lucro que dependen de una economía local saludable para satisfacer las crecientes necesidades. Esta realidad no significa que nuestra comunidad sea débil. Pero sí significa que no se puede dar por sentada la resiliencia.


Al mismo tiempo, el último mes ha puesto de relieve las cuestiones de los procesos gubernamentales, la transparencia y la rendición de cuentas. La reciente dimisión del alcalde de Mountain Village subrayó la facilidad con la que se puede erosionar la confianza pública, incluso cuando las intenciones son buenas, si las funciones no están claras o los límites son difusos. En momentos de presión, el proceso importa más, no menos.


Estos problemas están interconectados.


La fragilidad económica, la disponibilidad de vivienda y la confianza en el gobierno no son temas aislados. Cuando la vivienda es escasa y cara, los trabajadores corren más riesgos. Cuando los márgenes son ajustados, las interrupciones tienen un impacto mayor. Y cuando la toma de decisiones públicas parece opaca o reactiva, la confianza se erosiona justo en el momento en que más se necesita.


La vivienda sigue siendo esencial. Sin vivienda asequible, nuestra fuerza laboral se vuelve más inestable, nuestros negocios más vulnerables y nuestra comunidad menos resiliente. La vivienda no es solo una preocupación social. Es un estabilizador económico.


Pero la vivienda por sí sola no es suficiente. Si el motor económico se paraliza, la vivienda no puede mantener a la gente aquí por sí sola. El último mes invita a una conversación más amplia sobre cómo fortalecer y diversificar nuestra economía local a lo largo del tiempo. Esto incluye explorar si nuevos modelos, como una corporación de desarrollo comunitario, podrían apoyar la estabilidad de la fuerza laboral y la continuidad de las pequeñas empresas; si la expansión de la programación cultural, educativa o intelectual durante todo el año podría reducir la dependencia estacional; y si la industria ligera cuidadosamente definida, el trabajo de resiliencia climática o las empresas remotas y creativas podrían crear oportunidades más duraderas durante las cuatro estaciones, de acuerdo con nuestros valores y escala. Estas no son preguntas sencillas, y la autoridad formal de un comisionado del condado es limitada. Pero el gobierno local puede ayudar a convocar a los socios, coordinar a los municipios y las agencias, establecer límites y fomentar un diálogo honesto y transparente con la comunidad sobre cómo reducir los riesgos y crear oportunidades más duraderas.


La transparencia y la rendición de cuentas desempeñan un papel estabilizador similar. No son ideales abstractos, sino herramientas prácticas para gestionar la incertidumbre. Procesos claros. Participación temprana. Límites definidos entre las funciones públicas y los intereses privados. Comunicación abierta cuando las cosas son difíciles, no solo cuando son fáciles.


Los gobiernos locales no pueden controlar todas las fuerzas que dan forma a nuestro futuro. No podemos dictar las negociaciones privadas, controlar los patrones climáticos ni aislarnos de los cambios económicos generales. Pero podemos gobernar con una comprensión de la fragilidad. Podemos plantear mejores preguntas desde el principio. Podemos ampliar la participación. Y podemos centrarnos en la resiliencia a largo plazo en lugar del cumplimiento a corto plazo.


Me postulo para Comisionado del Condado de San Miguel porque creo que el momento que vivimos exige una evolución en nuestra forma de gobernar. Nuestros comisionados actuales han trabajado de buena fe, han buscado la participación de la comunidad y han tendido puentes en un entorno complejo. Pero a medida que los problemas que enfrentamos se vuelven más complejos y cambian rápidamente, depender principalmente de las formas tradicionales de participación —sitios web estáticos, reuniones públicas formales y comentarios públicos reactivos— a menudo significa escuchar a la gente tarde en el proceso, cuando las decisiones ya parecen estar tomadas. Creo que necesitamos complementar estas herramientas con formas más proactivas e inclusivas de involucrar a los residentes desde el principio, recopilar opiniones antes de que se tomen las decisiones, reducir las sorpresas y fortalecer la confianza. No se trata de reemplazar lo que se ha hecho, sino de construir sobre ello.


Como expropietario de un negocio en la calle principal durante más de veinte años, sé lo rápido que una interrupción puede convertirse en una amenaza existencial. Para algunos empleados y dueños de negocios, el último mes no fue una abstracción, sino una cuestión de supervivencia. Esa realidad merece seriedad, humildad y atención.

Este momento no se trata de culpar a nadie, sino de asumir la responsabilidad.

El Condado de San Miguel no está en crisis. Está estrechamente interconectado. Esto significa que una gestión responsable es fundamental. La resiliencia económica, la vivienda asequible y la gobernanza transparente no son prioridades contrapuestas. Juntas, son la clave para reducir los riesgos y mantener la estabilidad.

 
 
 

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